Austeridad, oídos sordos y autocomplacencia

Ya viene la austeridad republicana, y llega de la mano de Andrés Manuel. Nunca debió ser así. Tampoco como se pretende, se le pasa la mano. ¿Qué paso, o más bien, qué no pasó?

Desde que podemos recordar, al pueblo le ha enojado la manera descarada con que el Legislativo federal se ha servido con la cuchara grande, se ha autocomplacido con dineros, privilegios, prestaciones y bonos (injustificables). Quienes aprueban los presupuestos de egresos, se han aprobado anualmente sus propios salarios, sus gastos grupales y personales, con algunas prestaciones sin sentido alguno ya no digamos de austeridad, sino de imagen pública.

Los legisladores federales mexicanos tienen muchos privilegios que no existen en países demócratas más prudentes. El sueldo (la “dieta”) no es precisamente muy alta, pero los diputados se asignan partidas de gastos para muchas cosas, que administran, para efectos prácticos, sin rendir cuenta a nadie, y que tranquilamente se pueden embolsar (como se les acusa). La suma de todos estos dineros, es lo que el ciudadano ve como el ingreso personal de cada diputado o senador.

De hecho, sistemáticamente los diputados se aprueban partidas para gestoría, que se supone utilizan para pagar oficinas que atienden al público, en donde se le ayuda en gestiones ante diversas autoridades, desde tapar un bache hasta conseguir una beca. Pero… sí, hay un pero. Dentro de sus funciones legislativas, la Constitución nunca menciona labores de gestoría.

Los señores legisladores disponen de personal a sus órdenes que se considera excesivo en otros medios. Secretarias y ayudantes personales, choferes y “asesores”. De estos hablaremos aparte. También tienen automóviles y teléfonos celulares a cargo del erario. Se suman partidas para alimentos, gastos de representación y viáticos.

El personal al servicio de los legisladores de puede reducir sin bajar eficiencia, y eliminar casos injustificables como “necesarios”, que son ayudantes y sobre todo choferes (con todo y automóviles oficiales).

El caso de los asesores es distinto. Como nadie es experto en todo (y algunos legisladores lo son en nada), sí es necesario que a las cámaras se les apoye con investigadores, con expertos que prepararen y revisen iniciativas de ley y otros temas. Pero en este rubro se ha abusado poniendo en la nómina como “asesores” a quienes no lo son.

Aparte de los realmente excesivos privilegios con cargo al erario que se aprueban los diputados, también lo hacen con partidas espléndidas para grupos o fracciones parlamentarias, para comisiones y para las cámaras en general. Todo ello llevado a millones de pesos, que pueden reducirse drásticamente, sin afectar su eficiencia. Sumémosles la eterna queja de que en realidad no rinden cuentas claras y precisas del uso de esas partidas.

Algo peor todavía, la famosa partida “de los moches”. Partidas multimillonarias para “apoyar” a ejecutivos locales a discreción, como verdaderos favores de cada diputado para su beneficio político y, se dice también, de moches para su bolsillo. Esto sin ninguna base ni constitucional ni de legitimidad.

Ahora bien, la política de austeridad republicana de López Obrador, tanto para el legislativo en comento, como para el Ejecutivo, lleva recortes de más, como en sueldos y prestaciones. El exceso de “austeridad” no se justifica.

Reducir los gastos no necesarios para la función legislativa ha sido clamor popular de muchos por años, pero los diputados y sus partidos nunca han hecho caso, han tenido oídos sordos. Ahora, con mayoría de Morena, tendrán que hacerlo, y el mérito se lo llevarán López Obrador y su partido. La nueva legislatura federal cargará con la penitencia de los pecados de legisladores anteriores, y por supuesto, de sus partidos. La autocomplacencia presupuestal de los partidos tendrá su costo político.

 

@siredingv

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